Y la montaña de todos los que quieran amar, sentir, abrirse a lo agreste, duro, bello y difícil de entender.
Esa gran roca dibujada desde el principio de los tiempos, siempre presente y vigilante, erguida y seria como un guardia de Su Majestad, cariñosa y embaucadora como la más bella de las sirenas.
Refugio de pintores enamorados y asesina de barcos despistados. El Cavall Bernat está siempre ahí, desde siempre, esperándote, sorprendiéndote.
Siempre recordaré la primera vez que lo vi; era una niña, una pequeña e inocente niña que todavía no sabía lo fuerte que sería la belleza y su influencia en mi vida. Pero aquí llegué, de vacaciones tipo-clase-media-europea en la soñada y tranquila isla de la calma; y a Pollença ¿dónde demonios estamos? Debí pensar. Día de playa. Toallas. Flotadores. Sombrillas. Crema solar. Arena. Agua. Olas. Sal. Todo eran sensaciones nuevas para mi. Todo eran primeras veces. Pero a las 8 de la tarde; sí mis padres eran de esos que preferían un atardecer en la playa en familia al atestado buffet de cena del hotel, algo que nunca les he agradecido lo suficiente, a las 8 aparece. Presente. Único. Solitario. Ese rojo ¿fue rojo ese día? Imponente. Perturbador. Digo ahora esas palabras pero estoy segura que ese día no podía pensar en más que “rojo” o “bonito”.
Amor a primera vista. Y, amigo, si alguna vez te has enamorado a primera vista, que espero que sea así, creo que sabrás a lo que me refiero. Disparo en el centro. Angustia. Obsesión. Tristeza. Ansia. Amor. Mucho amor.
Desde ese día vuelvo a ver a mi amante. Cada día y a la misma hora. Me asomo al balcón de mi suite y lo observo. Sigue siendo un amor no correspondido. Por supuesto. Un amor platónico, claro, inalcanzable. Pero un amor al fin y al cabo.
Sus colores, esa paleta diaria y cambiante, con colores que me han costado años en diferenciar y nombrar; esa tranquilidad, ese devenir de momentos mágicos ya enamoró a Chopin y a su inseparable George Sand (ah, la belleza), al archiduque Luis Salvador, al pintor Anglada Camarasa y a muchos y muchas más. A la cola cariños. La roca es mía, y no me gusta compartir las cosas que me importan. Me da igual lo que digan los libros u otras crónicas. La montaña es mía, sus colores y aromas también. Lo que inspira me lo inspira a mí.
Y punto.
Si algún día le fallo y no puedo presenciar la liturgia del atardecer, pido a algún cliente del hotel que me haga un favor, que lo mire, y que al día siguiente durante el desayuno me cuente qué tal. De esa manera averiguo dos cosas; una, si ese cliente es una persona emocional y sensible o tan sólo un geólogo frustrado, y la otra, si mi montaña sabía que no estaba ahí; que no la miraba; si apareció la desidia en ella; la dejadez de no saberse mirada por su amante secreto.
“Ah. Si. La montaña esa. Pues no sé. Gris o marrón. Más o menos esos fueron los colores ayer”.
Mi amor.

Tarrassó. Cavall Bernat. Colección privada del hotel.