Ayer, el firmamento nos regaló algo inolvidable: la belleza sencilla de las cosas. En La Moraleja, The Quiet Hotel, aunque el eclipse no se divisó de forma directa, vivimos la magia a nuestra manera, sintiendo cómo la luz dorada del verano cedía paso a una sombra suave, como si la noche se adelantase unos minutos para luego de pronto devolvernos el sol.
Fue un instante casi místico que transformó la isla. En los miradores, en las playas y a bordo de las embarcaciones de todo tamaño, las personas se reunieron para celebrar un verdadero «fin de año» en pleno 12 de agosto. Amigos de siempre, familias y parejas compartieron miradas cómplices, risas y, sobre todo, un silencio reparador.
Hubo algo profundamente primitivo y hermoso en el acto de detenerse a mirar al infinito juntos. Admirar el cielo, los astros y el horizonte nos recordó la importancia de pausar el ritmo y recordar porqué y cómo el ser humano se ha hecho siempre las mismas preguntas y también porqué el ser humano inventa el arte, la representación artística, las religiones.
Nosotros creemos firmemente que deberíamos sentarnos más a menudo con los nuestros, reflexionar y dejar que el universo nos vuelva a deslumbrar.