Ella era el mito erótico de Francia, la mujer que personificaba la libertad salvaje de los sesenta; él, el heredero multimillonario alemán, fotógrafo y playboy que llegó a bombardear la Villa Bardot de Saint-Tropez con miles de rosas rojas desde un helicóptero solo para enamorarla. Se casaron en Las Vegas en 1966, en una boda que unió la alta sociedad europea con la realeza del cine. Su relación fue un choque de trenes de dos egos colosales, un torbellino de lujo, pasión y un aburrimiento aristocrático crónico que los llevaba del amor más absoluto al tedio en cuestión de dos martinis.
La crónica que sigue a continuación narra uno de esos episodios ideales, perfectos e indocumentados de su mitología: el verano en que Mallorca casi los separa para siempre... y los volvió a unir.
Dos hoteles para dos egos.
Julio, 1968. El avión privado de Gunter Sachs aterrizó en Son Bonet bajo un sol de justicia. Dentro de la cabina, el aire se podía cortar con un cuchillo. No se dirigían la palabra desde que sobrevolaron Marsella. Estaban, sencillamente, hartos el uno del otro.
Al pisar la pista, tomaron una decisión inaudita para una pareja de recién casados: se separarían. No solo de habitación, sino de hotel, de compañía, emocionalmente lejos, ambos decidieron.
Gunter, amante del lujo más clásico y discreto, ordenó a su chófer que lo llevara al emblemático Hotel Formentor, refugio de poetas y estrellas de Hollywood. Brigitte, buscando algo más rústico pero igualmente exclusivo, se marchó en un descapotable hacia el norte, refugiándose en un pequeño hotel escondido entre los pinos de la costa de Tramuntana. El pacto fue claro: siete días de absoluta independencia. Siete días sin el peso de ser "Gunter y Bardot".
El milagro de Cala Sant Vicenç
Durante los dos primeros días el plan funcionó.
Gunter bebía gin-tonics frente al Mediterráneo intentando convencerse de que la soltería era maravillosa; Brigitte tomaba el sol desnuda en terrazas privadas, jurando que no echaba de menos las fiestas de su marido. Pero el aburrimiento, ese viejo enemigo de la jet-set, no tardó en aparecer.
Al tercer día, buscando escapar de los paparazzis que empezaban a oler la sangre de la ruptura, ambos buscaron refugio, por separado, en el rincón más aislado que pudieron encontrar en el mapa: la tranquila e inexplorada Cala Sant Vicenç en Pollença.
Brigitte llegó a primera hora de la tarde, oculta tras unas gafas de sol gigantescas y un sombrero de paja. Se sentó en la arena fina de Cala Barques, contemplando las impresionantes rocas del Cavall Bernat que morían en el mar turquesa. Diez minutos más tarde, un hombre con camisa de lino abierta y andares despreocupados de resaca perpetua se instalaba a apenas cincuenta metros de ella.
Fue el viento de Mallorca el que hizo el trabajo. Una ráfaga traicionera levantó el sombrero de Brigitte, haciéndolo rodar por la arena. El caballero de lino corrió a recogerlo. Cuando se agachó y cruzó su mirada con los ojos felinos más famosos del mundo, el tiempo se detuvo.
¿Gunter? —susurró ella, medio enfadada, medio divertida.
¿Brigitte? —respondió él, soltando una carcajada limpia que resonó en los acantilados.
El regreso
El orgullo de los "Sachs-Bardot" era inmenso, pero su sentido del espectáculo lo era aún más. Descubrir que habían elegido exactamente la misma cala escondida para huir el uno del otro les pareció una broma cósmica demasiado buena como para ignorarla.
No hubo reproches, ni disculpas. Sentados en la orilla de Cala Sant Vicenç, compartiendo una botella de vino barato que Gunter había comprado en una tienda cercana, redescubrieron por qué se habían casado. El hartazgo se evaporó bajo el sol de Pollença, bajo la sombra del Cavall Bernat, sustituido por la adrenalina del momentum.
Al caer la tarde, el descapotable de Brigitte quedó abandonado junto a la playa. Ambos subieron al coche de Gunter y pusieron rumbo de vuelta al Hotel Formentor. Esa noche, el servicio del hotel no dio crédito al ver entrar a la pareja del año, del brazo, riendo como adolescentes y exigiendo que cancelaran una de las reservas. Mallorca los había separado por aburrimiento, pero su magnetismo salvaje los había vuelto a juntar.
Por eso amamos los hoteles, por eso nos enamoramos de las vacaciones, de los rincones apartados, de los paseos en la orilla, de las rocas salvajes del mediterraneo donde las cabras nos usurpan las mejores sombras. Por eso los veranos están para probar esa suerte, esa magia que siempre está dispuesta a colocarnos en un lugar al que no pensábamos ir pero que, llegando a él, nos gusta y lo aceptamos como un sacramento pecador. Por eso, cuando un huésped, un invitado como me gusta llamarlo a mi, cruza el umbral de nuestra puerta, se por su actitud, su rostro, la forma de andar, los gestos al deshacerse de sus maletas, la mirada de reojo a la terraza, si es de los que van a tener suerte en esta loca ruleta que es el verano mediterráneo, o por contra, va a pasar sus vacaciones recordando viejas batallas y amores ya caducos y mutuamente olvidados. Ah… la pereza que es una cobardía mal entendida…
¿Cuántos años nos quedan en este casino? ¿Cuántas vueltas de ruleta? ¿Cuántas apuestas más haremos? Nunca se sabe, pero nadie nos quitará el volver a intentarlo cada año. Nadie nos quitará sentirnos Bardot-Gunter por unos días.
Enjoy The Silence.
Miss Ann Standin.

"Bardot by Gunter" de nuestra colección privada.